Independientemente de la fe que profesamos y de la misma manera que hacemos en mayo con el día de la madre, bien merecen los padres que se les celebre su día cada diecinueve de marzo, es de justicia darle mérito a su labor.

Recordemos a todos los que, sin estar ya entre nosotros, trabajaron de sol a sol para sacarnos adelante y nos enseñaron a ser personas de bien.

Honremos a los padres del presente, que luchan en contra de las pérdidas de los valores sociales y ponen su empeño en mejorar día a día.

Felicidades a los que se preocupan por su descendencia dándoles ejemplo.

A esos que han avanzado, a los que apuestan por eliminar los estereotipos de género y, teniendo hijas, no les cortan las alas, velan por ellas, las animan a alcanzar sus ilusiones y las educan en igualdad, del mismo modo que a sus hijos.

Felicidades a los que no hacen diferencia entre la labor de crianza que corresponde a la madre y al padre.

A los que, dando ejemplo a su entorno, enseñan a respetar y exigir ser respetado por encima de todo.

A los que enseñan a luchar con las palabras y el entendimiento, no con los golpes.

A los que aman a sus esposas como a ellos mismos.

Felicidades a los que dan las herramientas necesarias para que lo que hagan sus hijos sea correcto, con valentía y sin complejos.

Felicidades a los papás que animan a sus hijas e hijos para que se sientan seguros con el futuro laboral que han elegido.

No hay perfección en el ser humano. Por eso hemos de apostar por esos padres que cumplen con su responsabilidad para hacer de su descendencia verdaderas personas de paz y bien. Que el Señor les bendiga y les dé larga vida.

Felicidades para todos los padres que son buenos, para los que no tienen hijos propios y hacen la misma función y para los que tienen vocación de serlo algún día.

Foto: Isabel Pavón

Autora: Isabel Pavón